La segunda novela de la trilogía Millenium destaca por sus falencias y criticable trasfondo. Aun así, se deja leer con cierta fascinación que podría rayar en el morbo.
Dicen que las segundas partes nunca son buenas y espero que este post sea la excepción, pero el caso es que el segundo tomo de la trilogía “Millenium” cumple la regla, cuando se la compara con su antecesora. En efecto, “La Chica que Soñaba con una Cerilla y un Bidón de Gasolina” no es un todo redondo sino más bien da la impresión de un largo e inconducente prólogo seguido de una novela a medio terminar. Esto porque la historia queda in medias res y, tal vez, ese sea la principal motivación para animarse a leer la tercera parte. ¡El viejo truco!
Otro aspecto criticable es la desmesurada proliferación de personajes que, de no ser por la familiaridad que el lector pueda tener por aquellos heredados del primer tomo, seguramente sería insufrible, especialmente cuando Berger convive con Bergman y éste con Bjurman y éste con Bjorck, o cuando para seguir el texto se nos exige no confundir a Eriksson con Ekström. Como si fuera poco, también abundan los apodos, de manera que Mikael también es llamado Kalle y Lisbeth no sólo es Lizzy sino que también Sally … Como es fácil imaginar, el pandemonium que resulta de todo ello es extremo y quien logra identificar a cada personaje sin tupirse es digno de elogio.
Y hablando de los personajes, el desarrollo de los mismos permite dilucidar ya que Lisbeth Salander se terminará consolidando como la verdadera protagonista de la saga, aunque cada vez la encontramos menos parecida a Pippi Langstrump – el personaje en el que supuestamente está inspirada – y más a alguien como el el despiadado Barón Vladimir Harkonnen de Duna, un ser despreciable y sin ética, dispuesto a cometer las atrocidades más horribles con tal de materializar sus propósitos.
En efecto, Salander, de quién ya sabíamos que era una hacker y ladrona – podríamos decir “de cuello y corbata” por el tipo de robo que perpetra, de no ser porque ese vestuario le resultaría completamente ajeno y hasta irrisorio a una joven que no trepida en lucir desnuda, ante un recatado caballero, los múltiples piercings que le perforan la piel y los tatuajes que la “adornan” – sino que además es descrita ahora como una cuasi-asesina, por poco parricida y fraticida. ¡Pero, por chocante que sea y aunque cueste creerlo, es descrita una y otra vez como una persona “ética” y hasta “moralista”!
Esta esquizofrenia a la que Larsson nos invita a ser cómplices se fundamenta en el lugar común de “hacerse justicia por sus propias manos”, constituyéndose así la saga Millenium – al menos sus dos primeras partes, para ser preciso – en una apología del odio y la violencia, especialmente cuando estos son en venganza por otro acto también repudiable.
En este tomo leemos, por ejemplo, que Salander decide salvar a una mujer de la furia de un tornado, pero deja morir al marido como castigo por su historial de “violencia intrafamiliar”. Leemos también que siendo una adolescente tuvo la sangre fría de intentar quemar vivo a su propio padre, causándole graves lesiones que casi lo matan y, nuevamente intentar asesinarlo de adulta, al igual que intenta hacer con su propio hermano. Todo esto, por supuesto, escudado en la “atenuante” de que ambos – padre y hermano – eran mafiosos y con sendos prontuarios.
Es cierto que existe mucha literatura en que personajes que se comportan fuera de los estándares de la ética ciudadana son presentados como víctimas de las circunstancias y sus fechorías o “errores” son minimizados bajo ese prisma, pero nunca me había tocado leer que se les tildara de “éticos” o “moralistas” como Larsson hace con Salander, faltando poco para que se les intente beatificar.
¿Será el éxito de estas novelas un síntoma de que nuestra sociedad está enferma? ¿Es que la frontera entre el bien y el mal ha desaparecido por completo, a tal extremo que un escritor es capaz de engatusar a millones de lectores, vendiéndoles gato por liebre, lavándoles el cerebro y llevándolos al extremo de hacerles pensar que los crímenes son justificables cuando un cualquiera los comete en castigo o represalia por algo que la víctima había hecho?
Y si de verosimilitud se trata, nuevamente vemos en este segundo tomo como sale a relucir la ignorancia de Larsson en temas informáticos. Sí, porque describe con lujo de detalles ciertas técnicas usadas por Salander para, ya no sólo acceder a información ajena, sino que incluso para controlar aparatos electrónicos fuera de línea – vaya a saber uno cómo – convenciéndome en lo personal que todo lo que Larsson creía saber sobre tecnología lo aprendió viendo películas como “Misión Imposible”, en las que controlar los semáforos de las calles pareciera ser tan fácil como hackear una página web desprotegida.
Para más remate, ahora Salander es descrita como una entusiasta de las matemáticas que resuelve nada menos que sin ayuda y de súbito el teorema de Fermat y, en lugar de hacer público su descubrimiento, se lo guarda para sí. No crean que esto ocurre tras una noche de desvelo, garabateando un papel o una pizarra. No, lo hace en medio de una situación límite en la que estuvo a punto de morir, mientras toda Suecia la acusa de tres crímenes que no cometió, como si alguien enfrentado a esa situación de riesgo extremo, en lugar de dedicar todas sus neuronas en luchar por sobrevivir, no hallara nada mejor que ponerse a pensar en qué números enteros, elevados al cubo, pueden ser sumados para igualar a otro entero al cubo. ¡Inverosímil al cubo!
Digna de mención es también la traducción de Martín Lexell y Juan José Ortega, gracias a la cual aprendí que “botillera” significa “tortillera” (lesbiana) y gocé tanto como al escuchar el célebre fragmento de Star Wars en que Obi Wan y Luke hablan como españoles cada vez que leía “cojones”, “hostia” y otros españolismos que más vale no mencionar, en cierto intento por mantener el preciso decoro.
Aun así, y por alguna misteriosa razón que escapa a mi modesto entendimiento, leí el tomo completo y, más aún, ya comencé a leer el tercero. Atribuyámoslo a mi sed de “cultura general” … dado el escaso y dudoso agrado que me ocasionaría admitir que es por puro morbo.
