Es falso que Chile esté de “cumpleaños” el 18 de septiembre y celebrar el bicentenario el 2010 es completamente arbitrario y antojadizo.
Desde pequeños se nos inculca que el “cumpleaños” de Chile es el 18 de septiembre porque, supuestamente, Chile se independizó de España en tal fecha del año 1810 y, consecuentemente, no es extraño que nos aprestemos a celebrar el “bicentenario” el próximo año en esa fecha. No obstante, por lo mismo, puede ser oportuno recordar que la historia es muy distinta.
El país en el que vivimos es heredero sociopolítico del imperio español que fue soberano en toda Hispanoamérica hasta comienzos del siglo XIX y que imponía su autoridad sobre Santiago del Nuevo Extremo con la misma naturalidad que Santiago de Chile la impone, en la actualidad, sobre Isla de Pascua, por ejemplo. Pero ese orden desapareció casi repentinamente cuando el ambicioso Napoleón Bonaparte, elevado por el chorro de la Revolución Francesa, derribó en España a la monarquía tradicional, dejando – de paso – a sus colonias acéfalas.
Así las cosas, Hispanoamérica se vio fragmentada y forzada a buscar un nuevo orden político que no resultaba nada natural fundamentar sobre el poder de Francia, por lo que, en muchos casos, se optó por erigir “gobiernos provisionales” que conservaran en forma latente la soberanía española del rey depuesto, Fernando VII, quien había accedido al trono en 1808 tras abdicar su padre Carlos IV – el que más tarde afirmaría que tal renuncia era nula y exigiría nuevamente la corona para sí. Es en ese contexto de anarquía en el que se produce la “revolución” que conmemoramos cada año con bombos y platillos (de chinchineros, para ser literales), como si Santiago se hubiese levantado en contra de la corona española, en circunstancias que lo que se hizo fue más bien todo lo contrario.
Recordemos también que Mateo de Toro y Zambrano (en realidad: Matheo de Toro Zambrano y Ureta) ya había sido nombrado gobernador interino de la Capitanía General de Chile el 16 de julio de 1810 y que ostentaba el título nobiliario de “El Conde de la Conquista”, palabras con las que firmaba sus documentos. Por otra parte, una vez que la Junta de Gobierno fue creada el 18 de septiembre, junto a ella continuó ejerciendo el “poder judicial” la Real Audiencia, instancia completamente española que se remontaba en Chile al siglo XVI. La Junta, encabezada por el hidalgo conde, gobernaba el Reyno de Chile, territorio de fronteras no muy bien delimitadas pero que incluía todo lo que hoy denominamos Chile Central, en representación del Rey don Fernando y con toda la legalidad que ello podía tener, por lo que hablar de independencia en relación a este hito es de una inexactitud tal que bien podemos calificarla de mentira.
De hecho, a la larga, Chile recuperó en plenitud su condición de colonia española en el período entre 1814 y 1817 – denominado eufemísticamente “la reconquista” – y no fue sino hasta la batalla de Chacabuco, el 12 de febrero de 1817, en que se plantea la posibilidad de otorgar el mando de la nación a don José de San Martín, primero, quien rechaza el nombramiento y, más tarde, a Bernardo O’Higgins, el que asume como “Director Supremo”.
Pero las escaramuzas con los realistas continuaron, al tiempo que O’Higgins se encargaba de redactar el “Acta de Independencia de Chile” que fue jurada justo un año después de la batalla de Chacabuco. Más adelante, el 5 de abril de 1818 ocurre la batalla de Maipú, fecha que bien podríamos considerar la de la auténtica independencia ya que es a partir de ese día que las fuerzas realistas se comienzan a replegar y O’Higgins se aboca a redactar la primera Constitución. No obstante la resistencia realista se prolongaría hasta el 15 de enero de 1826, fecha en que se firmó el “Tratado de Tantauco” que selló la anexión a Chile del último reducto español: Chiloé.
Mientras ello ocurría, una serie de errores políticos y hasta algunos “crímenes de estado” cometidos por O’Higgins fueron generando un gran descontento que le hicieron renunciar en 1823, dando pie a un período de anarquía, conocido como “ensayos constitucionales”, que culminó con la Revolución de 1829 y más concretamente el el 17 de abril de 1830, fecha de la Batalla de Lircay. Todo ello permitió convocar a una “Gran Convención” que, bajo el liderazgo de Diego Portales, redactó una constitución políticamente robusta que finalmente dio gobernabilidad a la nueva república. Los más puristas, por lo tanto, señalan que la independencia no quedó bien asentada hasta el 25 de mayo de 1833, fecha en la que fue jurada dicha carta fundamental.
Los grandes procesos históricos no ocurren de un día para otro y muchas veces son desencadenados por factores exógenos que catalizan procesos internos, tal como ocurrió con la independencia de Chile en el contexto de la España Napoleónica. Sin embargo, tenemos la tendencia natural a buscar fechas, muchas veces de manera bastante arbitraria, para establecer conmemoraciones, y el 18 de septiembre no es la excepción; aunque bien habríamos podido escoger el 15 de enero, 12 de febrero, 5 ó el 17 de abril, ó el 25 de mayo, por ejemplo, si bien en este último caso habríamos tenido que esperar hasta el 2033 para hablar de bicentenario.
Ilustración gentileza de Wikimedia Commons.

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