El sistema educacional se basa en la concepción errónea de que el alumno es un cliente, en circunstancias que el verdadero cliente no es el alumno sino, más bien, la sociedad que requiere de ciudadanos y trabajadores educados. Si corregimos esta irregularidad, el mercado y hasta el lucro pueden convertirse en los principales agentes de progreso y perfeccionamiento continuo para todos.
Hace algunos años escribí un artículo con el título “Clientelismo Educacional y el Pase del Futbolista” que me parece oportuno traer a colación en el contexto de la actual campaña presidencial y de las propuestas dadas a conocer en materia de educación. Es por ello que he decidido publicar una re-edición del artículo original en las siguientes líneas.
La economía se fundamenta en que los productos y servicios son producidos por un productor, que representa la oferta, y adquiridos por consumidores, que representan la demanda. En una economía de mercado es éste el que fija el precio para el bien transado y, en teoría, a través de este mecanismo se regula también la calidad de lo ofrecido.
Este esquema básico ha sido aplicado con más o menos éxito en todos los nichos del quehacer económico, pero hay al menos un sector donde los resultados que hemos obtenido dejan bastante que desear: la educación.
Todos, o la gran mayoría de los expertos coinciden en que la educación que actualmente se imparte en Chile es – en general – de muy mala calidad. Todavía se insiste en enseñar a memorizar en lugar de razonar y a ser rígido en lugar de creativo. Se enseña a “enrielarse” en lugar de enseñar a explorar. Se enseñan “Verdades Sacrosantas” en lugar de un conocimiento flexible y dinámico. No se incentiva la lectura, no se motiva el estudio arduo, ni se premia la constancia ni el esfuerzo, porque eso implicaría subir las exigencias y no se está dispuesto a hacerlo. En definitiva, se enseña todo lo necesario para ser exitoso en el siglo XIX, pero no en el siglo XXI.
La falacia radica en pensar que, por el sólo hecho de que la educación es deficiente, eso significa que el mercado no es suficiente para incentivar la calidad de la misma y, en consecuencia, de ahí a pedir el fin del lucro hay sólo un paso. Pero ocurre que si nos detenemos a examinar las causas por las cuales la educación es deficiente, descubrimos que el mercado poco y nada tiene que ver en el tema. Más bien es algo que pasa por la forma específica en que se ha mal entendido el rol del mercado en este tema y no por un mal funcionamiento del mercado en sí.
Ocurre que la forma tradicional de interpretar el trinomio productor-producto-cliente asume que el “producto” que se transa, por ejemplo, en el mercado de la educación superior es una “carrera”. En otras palabras todos – o la gran mayoría de nosotros – asumimos que el cliente es el alumno y una de las reglas básicas de los negocios es que “el cliente siempre tiene la razón”.
Esto significa, en teoría, que si el cliente, es decir el alumno, desea sacarse un siete en la prueba de “El Quijote” sin haber siquiera leído el libro, está en todo su derecho a exigirlo pues él es el cliente. Evidentemente en la práctica no se llega a ese extremo por una serie de razones, pero lo que sí ocurre es una progresiva socavación de la exigencia que surge cuando el alumno/cliente llega a la sala de clases con una actitud de “aquí vengo a que me enseñen, para eso estoy pagando, así que más vale que la clase sea entretenida porque o si no me lo voy a dormir todo”.
Evidentemente con esa actitud del cliente no es posible brindarle educación de calidad. Para colmo, cuando el profesor se pone un poquito exigente los alumnos se movilizan para pedir su cabeza. El jefe del profesor, sea un Director de Escuela o cualquier otro cargo que tenga, sabe que los alumnos son los clientes y, por lo tanto, hay que darles lo que piden. Así, es muy probable que la cabeza del buen maestro termine efectivamente en el cesto de las decapitaciones.
¿Y qué pasa si el director le da la razón a su profesor e intenta explicarle a los alumnos que es por su propio bien que tienen profesores exigentes? Seguramente ese director no durará mucho en su puesto y será remplazado por un funcionario que sí vele por mantener contentos a los alumnos, porque mientras más alumnos tengamos más lucramos.
Esto no lo estoy inventando. Es lo que he visto con mis propios ojos en universidades tanto “privadas” como “tradicionales”.
¿Qué es lo que está fallando en todo esto? ¿Por qué ocurre que en este caso el cliente parece no tener la razón? ¿Por qué la regla no aplica?, ¿por qué se convierte en un incentivo perverso? Lo que ocurre sencillamente es que el alumno no es el cliente y el producto no es la carrera, así de simple.
Si analizamos fríamente el tema, veremos que quienes más se benefician con la educación no son las personas mismas sino que el país y sus empresas y organizaciones. Ese es el cliente, entonces, no el alumno.
Pensémoslo así: supongamos que, en lugar de considerar la carrera como un producto, consideramos el profesional como un producto. En ese caso el productor, digamos la universidad, lo que produce son titulados que el verdadero “cliente”, digamos una empresa que necesita reclutar profesionales jóvenes, está dispuesto a “comprar”. Alguien podría alegar que esa interpretación no es realista porque las empresas no le pagan a las universidades por sus titulados, pero eso es sólo en apariencia así. En la práctica, efectivamente las empresas pagan a titulados que pagaron o están pagando a las universidades que los formaron.
Una vez que descubrimos lo que realmente ocurre nos damos cuenta del garrafal error que comenten quienes intentan lucrar teniendo muchos alumnos (a quienes forman mal) en lugar de formar muy buenos titulados.
Una forma concreta de transparentar esta situación sería obligar a las empresas a comprar un “pase”, como el de los futbolistas, a las universidades que los formaron. Este pase sería un “incentivo virtuoso” (“virtuoso” para enfatizar que es lo contrario de un “incentivo perverso”) que daría una potente señal al mercado, explicitando la identidad del verdadero cliente, a quien sí podríamos aplicar la regla de oro de que “tiene la razón”: la empresa que requiere profesionales y trabajadores capacitados y competentes.
Este pase sería extensivo en el sentido que las empresas podrían revender a sus empleados a otras empresas que los quieran, igual que los clubes de fútbol transan los pases de los jugadores más dotados. De manera similar, las universidades podrían comprar los pases de los mejores alumnos secundarios. Es más, una empresa cualquiera, digamos Microsoft, podría comprar el pase y pagar la educación de un niño en riesgo social, si considera que tiene el talento necesario.
En resumen, el mercado sí puede hacer lo suyo para propugnar una educación de calidad. El tema es cómo aplicamos la teoría y cómo la llevamos a la práctica, porque si erramos en lo fundamental, si somos incapaces de identificar al verdadero cliente, caemos en una forma de clientelismo contraproducente que no nos llevará al desarrollo; pero, por el contrario, si logramos visualizar la verdadera cadena de valor agregado que hay en la educación de las personas, el mercado y hasta el lucro pueden convertirse en los principales agentes de progreso y perfeccionamiento continuo.

1 respuesta hasta el momento ↓
Educación: ¿otro ladrillo en el muro? « Eduardo Bastías Alarcón // 9 Julio 2009 a 2:04 pm |
[...] en la actualidad y buscar los mecanismos para revertirlo. Al respecto ya publiqué en este blog Clientelismo Educacional y el Pase del Futbolista, un post en el que me preguntaba por qué tantos expertos insisten en la baja calidad de la [...]